Romero Alcaide, entre Vázquez Díaz y José María Labrador

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La historia gráfica de la Cuenca Minera del río Tinto, dibujos, pinturas y textos manuscritos, obra de Antonio Romero Alcaide se expone ya de forma permanente entre los más grandes de la pintura local en el museo Vázquez Díaz de Nerva gracias a la generosidad de sus herederos.

Los herederos junto a responsables políticos y del museo
Imagen de archivo de una sesión plenaria

Según informa Juan A. Hipólito, en el acto de presentación, el hijo mayor de Romero Alcaide, Antonio leyó en nombre de la familia un escrito en el que agradecían al museo y al Ayuntamiento de Nerva la colaboración prestada para el feliz desenlace de este acuerdo. “No podemos pensar en un destino mejor para esta colección que esta sala, para que así lo puedan disfrutar todas las personas que lo deseen”, dijo.

 

Romero recordó que el tema minero era el preferido de su padre. “El se documentaba a conciencia sobre ello, y no solo se interesó por su historia, sino que formó también parte de ella. A este respecto quiero resaltar el hecho de que la imagen gráfica que tiene mucha gente del año de los tiros es precisamente por el cuadro que él pintó… Pero también plasmó en sus cuadros la dura vida diaria de la mina, así como la época que le tocó vivir”, subrayó.

 

Por su parte, tanto el director del museo Vázquez Díaz, Juan Alfonso Barba, como el alcalde de Nerva y su concejal de Cultura, José Antonio Ayala e Isidoro Durán, respectivamente, coincidieron en destacar la importancia de la obra de Romero Alcaide como testimonio gráfico de incalculable valor sobre la historia de la comarca minera con la que ahora podrán deleitarse vecinos y visitantes en general.

 

Ya en la sala de exposición, nada más cruzar la puerta en la que se anuncia la Historia Gráfica de la Cuenca Minera de río Tinto, dibujos, pinturas y textos manuscritos el visitante no puede abstraerse del influjo en el que se ve sumergido. Los colores ocres y rojizos del territorio y la actividad minera inundan las cuatro paredes en las que, a semejanza de su estudio, se muestra su magna obra. No hay espacio para el blanco artificial. Cada cuadro forma parte de un todo armónico a modo de gran mosaico pictórico en el que se muestra la historia minera de la zona.

 

La obra magna del conocido pintor de la mina ya se expuso con anterioridad en el museo hace cuatro años. Ahora sale definitivamente de su estudio en el que empezó a crearla a finales de la década de los ’70 del siglo pasado para quedarse de forma permanente en el museo, junto a Vázquez Díaz y José María Labrador.

 

Pintor de oficio por excelencia, Romero Alcaide recoge en esta magna obra el quehacer diario basado en el conocimiento artesanal de lo que es la pintura. Se fabricaba sus lienzos a base de telas y colas para conseguir con ello los matices que caracterizaba su obra y que serían imposibles con lienzos de comercio, además de asegurar en extremo la perfecta conservación de tonos con el paso del tiempo.

 

La muestra permite admirar su obra a través del proceso productivo minero con una lectura completa de sus dibujos y pinturas, desde los sistemas de explotación (galería, pozos, cortas) hasta los aspectos sociales y etnografía (huelgas, oficios, costumbres), pasando por los elementos de extracción (malacates, castilletes y canales), sistemas de beneficio (cementaciones, teleras, fundiciones), maquinaria e instalaciones metalúrgicas auxiliares (hornos, chimeneas, fuelles), elementos de transporte (ferrocarril, puentes, túneles) y otras instalaciones (centrales eléctricas, talleres, viviendas).

 

Romero Alcaide fue uno de los alumnos más aventajados de la Escuela de Bellas Artes de Nerva que dirigía Manuel Fontenla. Autor clásico, como el mismo se definía, gustaba de las obras de Velázquez, Goya y Soroya. También pasó por la Santa Cruz de Tenerife, donde estudió la modalidad de dibujo. Utilizaba principalmente la sanguina y el carboncillo para la elaboración de sus obras y una técnica mixta mezcla de aguada, ceras pastel y tintas con la que conseguía unas texturas pictóricas que resaltaban sus dibujos, y por supuesto en óleo, con el que llegó a conseguir calidades de color con olor a mina.